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Si no lo has escuchado, ya me parece raro. Reprodúcelo una vez antes de leer este post y ahora hablamos. Es absolutamente imprescindible.

Vale, ahora ya sabes de qué hablo, ¿no? Es una de esas canciones que se te meten en el cuerpo y (literalmente) te poseen. Si te digo que la llevo escuchando toda la tarde en modo non-stop, no te miento en absoluto.

Redes sociales como Tik Tok están haciendo que artistas que quizás en muchas partes del mundo ni se les había visto el pelo, y menos aún oído, tengan una plataforma donde subir su contenido y, ¿quién sabe? Y digo Tik Tok porque realmente pienso que es la red social donde más se viraliza el contenido. Le da siete vueltas de campana a Instagram.

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Fue abrirse la veda, o mejor dicho, entrar en periodo de desconfinamiento, y a la gente le dio por explorar su entorno más próximo. Las fases fueron dando paso a los privilegios con los que cada comunidad jugaba. Madrid, al haber sido uno de los mayores focos de toda España, le tocó salir de las últimas. Así que en esas primeras semanas, solo se podía viajar por la propia comunidad.

Con esa premisa en mente, nos decidimos a salir al campo. El cuerpo nos pedía naturaleza. Abrir pulmones a cal y canto. Pulmones que tras tres meses de encierro necesitaban nuevos aires. Ojos que buscaban colores más allá del rojo ladrillo o negro asfalto. Nariz que necesitaba embriagarse con los aromas del campo. Manos que buscaban rozarse con el césped, las flores, o incluso abrazar un árbol.

3 meses que cada cual llevó como pudo. Pero ahí estábamos, dispuestas a descubrir algo a tan cercano que, hasta ahora, ni conocíamos que existía.

Para mí, lo más bonito de ese momento de desconfinamiento fue (volver) a darme cuenta de que hay cosas increíbles más cerca de lo que pensamos. Y que, a veces, aparcamos el descubrimiento de lo cercano con la excusa del “ya lo veré más adelante, lo tengo ahí al lado” por el exotismo de lo lejano. Y es bonito darse cuenta de eso y disfrutarlo con otra mirada.

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No soy de modas, pero en cuestión de novedades gastronómicas, me gusta probar de todo. Y desde hace algún tiempo me declaro fan absoluta de los poke.

Sí, los poke han venido para quedarse, y razones no les faltan. Es la combinación perfecta para comer de todo en un solo plato. El poke es una especie de ensalada que, originariamente, lleva pescado crudo o marinado. Y digo originariamente porque los restaurantes que se han especializado en prepararlos, cuentan además con versiones de poke adaptados con opciones para vegetarianos, veganos y también para amantes de la carne.

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No recuerdo la primera vez que probé el hummus, pero desde el principio supe que sería un plato que venía para quedarse en mi repertorio.

Solía comer hummus con zanahoria cruda a media mañana o a mediodía acompañando algún otro plato.

En India, más concretamente en Pushkar, encontramos una pequeña cafetería en mitad del mercado donde hacían el mejor café (en cafetera italiana) que probamos durante todo el viaje, preparaban un hummus en el momento de echarse a llorar de bueno, y el té masala estaba delicioso. Vamos, que todo lo hacían bien.

Así era el café en cafetera italiana y el hummus en esta pequeña cafetería de Pushkar (India)

Sí, has leído bien. Café en cafetera italiana y hummus recién hecho, dos conceptos que te deben llevar a pensar que ahí las prisas no son bienvenidas. Y lo cierto es que nosotras fuimos a desayunar los 3 días al mismo sitio, así que tampoco llevábamos prisas y sí ganas de disfrutar del momento del desayuno con total tranquilidad.

Tras ese reencuentro con el hummus en India, decidí que quizás era momento de volver a prepararlo en casa pero, esta vez, para acompañar el café de la mañana. En esta ocasión, la novedad fue el cilantro. Bastantico cilantro que le da un sabor espectacular al hummus.

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Era llegar el verano a Madrid y ya resonaban cuatro palabras en tu cabeza “Veranos de la villa”. Rodeado de una nebulosa de fantasía al aire libre, los Veranos de la villa siempre han sido una interesante propuesta de entretenimiento veraniego para los ciudadanos de la capital.

Un cine a la fresca, una obra de teatro cerca de un lago, un concierto en un parque, una orquesta de malabares en un auditorio con techo de estrellas, un espectáculo artístico de cualquier índole… Cada verano, Madrid se llenaba de actividades variopintas, aptas para todos los públicos. Tan curiosas, tan divertidas y tan ingeniosas que si alguna de las propuestas te atraía especialmente, hasta te daba pena que te pillara fuera de la capital.

Y todo había sido así hasta este año. Se presenta un verano extraño en formato y aún más raro en contenido. Sin un horizonte claro que nos defina el perfil de esta crisis sanitaria, la incertidumbre empaña, irremediablemente, nuestros planes. Reduciéndolos, si cabe, al día a día. Y es que, muy probablemente, este sea el verano menos planificado de la historia.

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Esta receta llega a petición popular tras haber publicado una foto en Instagram comiendo unas migas vegetarianas en una comida con amigas, evento gastronómico con el que damos la bienvenida al otoño. Muy probablemente pase por vuestra cabeza eso de, “¿unas migas vegetarianas?, ¡qué profanación!“. Y he de reconocer que la primera vez que escuché “vegetarianas” después de escuchar “migas”, pensé que el mundo se estaba yendo al garete. De hecho, con una de las amigas bromea diciéndole que llevaría a la comida chorizo de contrabando, por si las moscas. Lo cierto es que al final no hizo falta.

Quien me conozca sabe que no soy, para nada, muy carnívora. De hecho, si tuviera que etiquetarme en cuanto a la dieta que sigo, diría que tiendo a ser “flexitariana sin llegar a serlo porque aún en casa hay presencia de carne y pescado, aunque en menor medida que la media. De ahí que tienda al flexitarianismo, intentando llevar una dieta con una presencia de verduras más predominante.

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En los últimos años, madrileños puros y de adopción, además de turistas, hemos visto cómo la capital se llenaba de frases. Versos que repoblaban los pasos de cebras. Pequeños mensajes que se cruzaban en nuestro camino con la sola intención de hacernos reflexionar, sacarnos alguna sonrisa o, simplemente, alegrarnos el día.

“No quiero un nosotros si no es contigo”. Una de mis favoritas

Nos desplazamos casi por inercia, sin apenas apreciar el entorno que nos habita. #VersosAlPaso reivindica el paseo reflexivo, una mirada más profunda a la ciudad que nos rodea y que se llama Madrid.

Desde sus comienzos, esta acción ha llevado la firma del grupo de arte callejero Boamistura que, a mí personalmente, me encanta. ¿Aún no los conoces? No me lo puedo creer. Es un grupo de artistas multidisplinar con una visión muy particular y original que utilizan para transformar el espacio público en un lugar donde querer quedarte a vivir. Su sello es tan personal que si ves una obra suya, no necesitas ver su firma para saber que es de ellos. Quizás en “versos al paso” no esté tan claro, al tratarse de frases con tipografía estilo mecanográfico y en color blanco, pero en general, es fácil idenficar sus obras.

El grupo Boa Mistura, que en portugués, signifca “buena mezcla”, ha sido el encargado de llenar de vida los pasos de peatones de Madrid. En sus primeras ediciones, las frases habitaron solo el centro de la capital española, pero el proyecto ha sabido adaptarse a las peticiones de los madrileños que solicitaban que esos trocitos de poesía al paso pulularan también por otros barrios más allá del centro. Y, oído cocina. En esta última edición, todo Madrid ha quedado salpicado de poesía. De norte a sur, de este a oeste. Desde Tetuán a Villa de Vallecas, pasando por Ciudad Lineal, Carabanchel, Chamartin, Moratalaz o incluso Moncloa-Aravaca.

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No sé quién inventó lo de hablar, comunciarnos, sea quien fuere, yo tendría mucho agradecerle. Tanto como a todos aquellos que enriquecieron nuestro vocabulario y nuestro día a día con expresiones de todo tipo. Curioso es averiguar de dónde vienen, que siempre tienen su aquel.

Aún recuerdo aquel gran libro cargado de refranes que me regalaron mis padres. Y muchas de las ilustraciones que acompañaban aquellas pequeñas frases que un día adquirieron un matiz diferente, y que se colarían casi sin permiso en la cotidianidad de nuestro vocabulario. Muy probablemente, ese fue uno de los libros que revisaría con más frecuencia.

El otro día mientras volvía a casa en bici,  solté para mis adentros esta frase: “puf, esta calle es una ful de Estambul”. Yo suelo utilizar muchísimas expresiones a la hora de expresarme, soy barroca hasta para eso. Y por qué no admitirlo, incluso me invento palabras de vez en cuando, así que no debí haberme alertado por ello, pero no sé. Reparé en el detalle de la frase y me vino la idea de escribir un post con expresiones y/o frases cotidianas que soltamos donde aparece alguna ciudad, país o alusión de un lugar determinado.

Empiezo con la frase que dio origen al post.

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En la era Instagram, Abolea me atrajo por una foto. Aunque para ser honesta, no la vi en esta red social, sino en una revista. Hoy en día hasta podría considerarse un gesto muy vintage. Una foto que desprendía color y sabor con sola verla. Suculentos restaurantes con boles cargados de alimentos, en su mayor parte con la etiqueta saludable, empezaron a desembarcar en Madrid no hace tanto.

Si eres de carne, el “Bol Rústico” con su ternera de Cuerda Larga con sal gorda (servido poco hecho), te va a gustar. Lo acompañan verduras asadas, huevo a la plancha, arroz integral y hojas verdes

Afincado en el corazón de Chamberí, entre la Plaza de San Bernardo y la de Quevedo, Abolea (C/ Sandoval, 12) se ha convertido en un referente del buen comer. Entendiendo por buen comer, opción saludable y equilibrada.

El local respira frescura desde el minuto uno en que pones el pie dentro. Grandes ventanales dejan pasar un torrente de luz. Espacio abierto, mesas de madera, azulejos y mesas debidamente repartidas, transmiten armonía y confort.

Te sentirás como en casa

Aquí se estilan las mesas corridas. Es decir, que si sois 2 y estáis sentados en una mesa de 6 personas, es muy probable que rellenen la mesa a medida que la gente va entrando. Lo cierto es que ese estilo, la primera vez que lo viví en Madrid fue en Mamá Framboise. Sí, cuando aún era casi una pastelería-cafetería desconocida para la mayor parte de la población. Yo fui por recomendación de un amigo que conocía al maestro artífice de este buen hacer, el pastelero Alejandro Montes. Los que seáis madrileños, gatos o de adopción, os sonará este nombre porque fue la primera (desde mi punto de vista) pastelería que irrumpió con fuerza en el combo alta pastelería con café de calidad a buen precio. Ahora ya tienen hasta 7 locales repartidos por Madrid. 

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¿Cómo debe ser eso de caminar por la calle y que la poesía se cuele entre tus pasos? ¿O eso de levantar la mirada y toparte con un par de versos que te alegran la existencia?

Atreverme a adaptar los versos del famoso poema de Gustavo Adolfo Bécquer a este pequeño pueblo de la sierra oeste de Madrid, podría resultar una osadía. Pero cuando una camina por las calles de Colmenar del Arroyo, se envalentona y la verborrea se convierte en la protagonista del entusiasmo poético.

¿Qué es poesía? dices, mientras caminas

por sus abruptas calles de pared blanca,

¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?

Poesía…es Colmenar del Arroyo.
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Viajando

Imágenes y sensaciones