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Archive for the ‘Cuadernos de África’ Category

Los niños en Nigeria sufren aberraciones consentidas por una sociedad que descuida su bien más preciado, el futuro de su nación: los niños. Barbaridades que no deberían quedar impunes. Un día, un niño es un niño. Al día siguiente, es un brujo.

De manera casual y entretenida establezco una animada conversación con V. Todo sale a raíz de preguntarme si creo en Dios. Pero el tema se va desviando hasta hablar sobre niños brujos. Me confirma que cree que pueden existir niños que son portadores del mal, que en ellos reside un espíritu maligno que hace que a sus familias sólo le pasen desgracias. Me cuenta que incluso para ellos, los niños brujos, es difícil reconocer que lo son, pero que la mayoría al final termina confesándolo.

Supuestos espíritus malignos se reencarnan en cuerpos de niño. Algunos de ellos son acusados de ser brujos con tan sólo 2 años. Según me cuenta V sólo algunas personas que han sido bendecidas con ese don, por la gracia de Dios, pueden saber si un niño es brujo o no. Con sólo mirarlo a los ojos. Pero está claro, todo es mucho más sencillo para ellos. Si pasa algo malo en la familia, lo más sencillo, y cobarde, es echarle la culpa al que no va a rechistar. No creen en los coincidencias. Si la relación de pareja se empieza a resquebrajar y hay discusiones, la culpa es del niño. Si el negocio va mal, la culpa es del niño. Si se produce un accidente, la culpa es del niño. Si la madre pierde un bebé, la culpa es del niño. Si muere alguien de manera repentina, la culpa es del niño. No existen las coincidencias ni el hecho de que se pueda producir algo por el mero hecho de producirse y sin que nadie sea el culpable.


Me apetece saber más sobre el tema, así que me siento a hablar con E. Me cuenta con voz frustrada que a su hija la acusaron de bruja. Solía ir los domingos a una iglesia con su hermana, cuando de repente un día el pastor le dijo que su hija era una bruja. Con sólo mirarla a los ojos lo supo. “Tiene mirada de bruja”, le afirmó el pastor. Concretó, el espíritu de una mujer mayor está dentro de ella. Le pidió 50.000 nairas (250 euros) para expulsar el mal del cuerpo de la pequeña. Ella no se lo creyó, a diferencia de miles de nigerianos que se creen a pie juntillas todo lo que dicen los pastores de su iglesia. Pero sin embargo, la historia le dejó inquieta. Así que no dudó en acudir a un vidente de su pueblo. Este hombrecito le desmintió todo y le advirtió vorazmente, “ten cuidado, ahora hay mucha gente intentando hacer negocio con la brujería”.

Algunos de los niños del orfanato que fueron a parar a la calle fueron acusados de brujos y expulsados de su hogar.


No queremos que los niños vuelvan a convertirse en muñecos de trapo a los que manejan a su antojo con la única idea de hacer propaganda política, sin ni siquiera preguntarse si tienen cubiertas sus necesidades básicas. Vidas rotas y un futuro tapiado con cemento por culpa de una sociedad que culpa al niño de todos los males. Una sociedad que dice que un niño es brujo y portador de un espíritu maligno cuando las cosas van mal en casa. Los estigmatizan y le ponen la etiqueta negra para toda la vida. Y como no, el negocio de los exorcismos va viento en popa. Dinero, vacas, cerdos,… todo es bienvenido cuando se trata de expulsar el mal de dentro del niño. Y si el niño está gravemente endemoniado, le harán tragar ácido para quitarle ese mal espíritu que dicen que tiene. Desgraciadamente, la mayoría de los niños que tragan ácido no sobreviven, se le quema la laringe y no pueden ni comer. Y los que sobreviven, tendrán grandes secuelas de por vida.


Pues bien, esta semana nos hemos enterado que un pastor, digno de su merecido reconocimiento, va a visitar el orfanato. Bueno, de hecho, ya lo ha hecho. Su objetivo: discernir cuánto niños son brujos. Por el momento, en su primera visita ha conseguido averiguar que hay 7. ¿Su técnica de investigación? Los super poderes con los que su dios, de dudable naturaleza, le ha bendecido. Lo peor de todo es que la gente se lo cree y les tienen miedo. Les comen tanto el tarro con este tema y los atemorizan de tal manera que cualquier ciudadano nigeriano de a pie que te cruzaces te diría que los niños brujos existen. Sí, les llaman witch (brujos, en español), seres portadores del mal. E incluso creen que si el brujo en cuestión quiere hacerte mal, puede convertirse en un gato y entrar en tu casa.

La fe mueve montañas. Pero está claro que en algunas ocasiones la utilizan de tal manera que en vez de mover montañas lo que hacen es echar un montaña de arena sobre los más débiles y desprotegidos, los niños. Cuando hacen creer a tanta gente tales barbaridades, como que un niño puede ser brujo, cometen atrocidades a la luz del día con el visto bueno del pueblo que mira impasible y vuelve a casa como si nada hubiera pasado. Parece que los más débiles deben morir. Lo mismo se han equivocado de dios y el suyo se llama Darwin.

En fin, demasiadas ironías para un tema que preocupa enormemente a cualquier persona que pise Nigeria y no se crea todas esas fantochadas. Un tema grave que aunque preocupe a grandes ONGs como Unicef, aún no se ha conseguido detener.


Los niños que son acusados de brujos son tratados de manera deporable. Expulsados de sus familias, rechazados por la sociedad, privados de sus derechos. Incluso muchos sufren abusos físicos, y por supuesto, psicológicos.

Ojalá dentro de unos años, espero que no sean muchos, si tengo una conversación respecto a este tema, me asombre y diga: “Qué fuerte cuando en Nigeria unos cuantos listillos se otorgaron el poder de decidir si un niños era brujo o no. Un negocio degradante que destrozó miles de vidas. Por suerte, esa práctica ya se abolió”.

Aunque lo más inquietante es que yo en todas mis conversaciones preguntaba muy sorprendida, “¿Y cómo que en España no tenemos niños brujos?” Las respuestas coincidían: “Ah, pues no sé. ¡Qué raro! ¿no? Pues aquí sí que hay”.

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Inauguro una sección que llevo mucho tiempo intentando abrir. En Cuadernos de África recojo testimonios de africanos. Su vida, su futuro y su pasado. También, sus inquietudes, pensamientos y opiniones. Cualquier indicio de interés puede ser digno de estudio e investigación. Es una pena que me haya lanzado a abrir esta sección ahora, a tan sólo un mes y medio de volver a España. Pero bueno, aún hay tiempo de contar lo que ya me han contado o de registrar lo que aún me queda por saber.

“Me tendieron una trampa para hacerme preso político” es la primera entrega de una sección que seguro que arroja un poco más de luz sobre las realidades de una sociedad, a veces, tan olvidada. La sociedad africana.

La historia de África, como algunas otras, está también marcada con sangre, sudor y lágrimas. Sangre derramada por personas inocentes en periodos de regímenes dictatoriales. Sudor del pueblo llano tras largas jornadas de trabajo obligado. Lágrimas de dolor y rabia.

Aunque los protagonistas de estas historias tienen nombres y apellidos, eso no es lo importante. Así que me referiré a ellos con su inicial. Porque, en realidad, lo importante es conocer el contenido de la historia. Protagonistas, por desgracia, suele haber muchos.

El protagonista de esta historia es “A”. A es una de tantas personas que vivieron esa época de represión. No estaba de acuerdo con el régimen dictatorial que estaba viviendo su país, en ese momento llamada República Popular de Benin.

No lo decía abiertamente por miedo. Ese miedo que llevaba a miles de personas a actuar irracionalmente, como si de rebaño de ovejas se tratara.

Él se libró de milagro. Por suerte. Pero a punto estuvo de convertirse en un preso político durante la dictadura de Kérékou. Dictador que subió al poder tras un golpe de estado en 1972 y gobernó hasta 1991, tras perder la primera elección presidencial en 30 años. Después, en 1996 se volvió a presentar a las elecciones y ganó, a pesar de ser acusado de fraude electoral. Durante su mandato, ocurrieron episodios muy deplorables por los que, más tarde, pediría perdón públicamente. En 2006 perdió las elecciones frente al actual presidente de Benin, Yayi Boni.

Según me cuenta A, trabajó en el puerto de Cotonou durante los años 80. Uno de sus hermanos mayores había sido un alto militar, pero abandonó el ejército por discrepancias con el gobierno de Kérékou.

Un día, llegó un importante cargamento de armas al puerto de Cotonou. Le encargaron a A que las custodiase. Las debía guardar en su almacén del puerto hasta que llegasen a recogerlas, que se suponía que iba a ser en unos meses. La incertidumbre y el miedo se fueron apoderando de él, cuando vio que el tiempo pasaba y nadie iba a reclamar esas armas. Evidentemente, era peligroso tener tantas armas en su poder, si pasaba algo, él sería el máximo responsable.  Así que tomó una decisión al respecto. Tapió la parte del almacén donde guardaba las armas e hizo un escrito. Para ello, reunió al director del puerto y a algunos compañeros, que ejercieron como testigos. Firmaron aquel papel en donde A declaraba poseer unas armas que no eran suyas.

Unos años más tarde, se presentaron en el puerto varios policías. Buscaban las armas. Alguien había dado el chivatazo de que él y su hermano ex militar estaban preparando dar un golpe de estado contra el presidente. Algo totalmente falso. Menos mal que tenía en su poder el escrito que había firmado años antes declarando que esas armas no eran suyas.

Lo único que le dijo a la policía era que debía ir a su oficina a recoger el papel que aclaraba toda esta historia. Al llegar a su oficina, no podía salir de su asombro. Se encontró todo patas arriba. Alguien había estado allí buscando algo. Y él sabía que ese algo era el escrito. Por un momento, el mundo se le vino encima. No tenía más ases en la manga. Los condenarían, a él y a su hermano, a la cárcel. ¡Le habían robado el escrito!

Nervioso, fue corriendo hasta la oficina de su jefe. Al menos él podría apoyar su cuartada con respecto al escrito. Pero no fue así. Al llegar allí, el director lo negó todo. No sabe si por miedo o porque estaba con ellos.

La historia cada vez iba a peor. De vuelta a la oficina, se cruzó con un compañero. Éste lo llamó y lo llevó a un sitio apartado. Su amigo, uno de los que firmó el escrito, fue más astuto y al ver lo que se venía encima, escondió el papel a buen recaudo. Cuando le saquearon la oficina, se llevaron muchos papeles, pero ninguno de ellos era el escrito, su seguro de vida.

No podía estar más agradecido, su amigo le había salvado el pellejo. Con el escrito en la mano, fue corriendo a fotocopiarlo tantas veces como pudo y lo repartió por todo el puerto para que todo el mundo tuviera una copia. Su anticipación a los hechos le llevó a firmar un escrito que más tarde le salvaría la vida. La astucia de su compañero y amigo apareció en el momento más crítico. Y por supuesto, la suerte estuvo de su parte.

Al repartir aquel papel a todo el mundo, dejó a los policías con las manos atadas. Ya no podían hacer nada contra él. Todo el mundo estaba al tanto de la situación. Habría sido demasiado descarado. ¡Le habían tendido una trampa! Querían arrestarlos como presos políticos alegando que estaban planeando dar un golpe de estado. Sin embargo, les salió el tiro por la culata, nunca mejor dicho.

Según me cuenta A, en esos años, nadie podía estar en medio o ser de la oposición. Era un riesgo demasiado alto. O eras partidario del poder, o vivías atemorizado. La gente moría y desaparecía sin explicación alguna.

20 años más tarde, aproximadamente, A bajaba en su coche de Abomey a Cotonou. Recogió a dos hombres por el camino. Al llegar a su destino, Cotonou, uno de los hombres le preguntó: “¿No me reconoces?” Sorprendido por la pregunta, respondió negativamente. Entonces el hombre continuó diciendo: “Las armas del puerto. Esa vez tuviste mucha suerte. Iban a por ti y a por tu hermano”. Apenas pudo tragar saliva. El hombre que había llevado en el coche había sido uno de los policías que fueron a buscarlo al puerto. Todo un tópico hecho realidad, el mundo es un pañuelo.

A acabó de contarme la historia. Una sonrisa picarona se dibujaba en sus labios. Esa tipo de sonrisa que te sale cuando piensas “me salí con la mía”. Y sin mayor preocupación me dijo: “desde entonces, la suerte está de mi parte”.

No sé si fue cuestión de suerte, pero lo cierto es que se libró de una buena. Ser preso político durante una dictadura debe ser horrible. Creo que no alcanzo a imaginarme el sufrimiento que se debe padecer. Y con suerte, lo mismo vives para contarlo.

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