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Archive for the ‘Orfanato’ Category

Sentada cómodamente en mi silla giratoria recibo las malas noticias. Entran en mí como una jarra de agua fría que se detiene en cada poro de mi cuerpo enfriándome las entrañas. Williams, el padre de todos los niños del orfanato, ha sido quien nos lo ha comunicado. QUIEREN ECHAR A TODOS LOS NIÑOS GRANDES DEL ORFANATO.

Decir que un niño es grande, es algo bastante relativo. O acaso un niño es lo suficientemente adulto cuando tiene 14 ó 15 años. Pues depende de para qué. Para buscarse la vida en un país donde, a veces, no hay ni recursos ni oportunidades para los que nacen con una estrella en el culo, pues desde luego que para los que nacen sin ella, aún peor pinta el panorama. Dicen que los niños grandes son una mala influencia para los más pequeños, pero justamente, son ellos los que cuidan de los más chiquitines. Les tachan de rebeldes, pero la única verdad es que se los quieren quitar de en medio desde hace ya algún tiempo. Todo son excusas para lavarse las manos.


Una voz de socorro ahogada en la desesperación. Williams no puede luchar solo, nos pide ayuda, pero no sé qué podemos hacer. Cómo podemos hacerlo.


14 niños y 4 niñas son los que quieren echar a la calle, y no es la primera vez que lo hacen. Si los expulsan, volverán al círculo vicioso en el que ya estuvieron metidos. Los niños serán explotados con interminables jornadas de trabajo en donde las posibilidades de promocionar son nulas. Las niñas volverán a la prostitución. Y no sólo eso, los niños que viven en la calle son tratados de manera vejatoria, les pegan e incluso abusan de ellos.

Vidas rotas por el capricho de unos cuantos que quieren acabar con sus ilusiones. Hasta ahora, la mayoría de estos niños “grandes” estaban acudiendo a diferentes centros de formación para aprender una profesión: electricistas, pintores, informáticos o costureras. De hecho, parte del dinero que ha recaudado la asociación que María y Ester han montado, Mme ma fi Calabar, irá destinado a intentar forjarles un futuro digno. A darles una oportunidad.


Me quedo pensando sin saber muy bien qué pensar, qué hacer o qué decir. A veces, muchas, me da la sensación de que en Nigeria aún no han entendido que los niños son el futuro de un pais, y sin ellos, están perdidos. ¡No dejemos que se apaguen sus sonrisas!

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Hemos vuelto, ya estamos aquí. Sin embargo, en nuestra retina no paran de sucederse millones de imágenes que hemos ido guardando con recelo en el baúl de nuestra vida. Nigeria permanecerá en nuestros corazones para siempre. Y por supuesto, nuestros momentos en el orfanato han sido tan sumamente especiales que estarán, largo y tendido, en el pódium de nuestra memoria.

Os dejo con el vídeo presentación que monté para ponerlo en el Colegio Público Cervantes, el cole de Carmen, la madre de Mache, y en el Colegio Público Conde de Tendillas, el cole de Mari Carmen, la hermana de Mache. Ambos en Alhama de Granada. La visita a los colegios y el increíble recibimiento que tuvimos, lo contaré en otro momento.

Y como dice el refrán, “una imagen vale más que mil palabras”. Yo me aplico el cuento, ahorro saliva y os dejo no con una, sino con un millón de imágenes que espero que sirvan para tele transportaros un poquito y haceros sentir nosotros.


La canción “We are the world, we are the children” (en español, “Somos el mundo, somos los niños”) nos ha acompañado todo el año, así que podéis imaginar el valor sentimental que tiene. Inmensurable.

Sólo me queda deciros que disfrutéis tanto como yo he disfrutado montándolo. Esto es un regalo especial para mis compañeros, que como yo, aún seguimos intentando readaptarnos a esta sociedad del consumo en donde cada pequeño detalle, ahora nos parece grande. Nuestro punto de referencia ha cambiado, y nuestra escala de valores, también.

PD: Amigos y compañeros nigerianos, las lágrimas son de los que sienten y padecen la ausencia de aquellos que nos robaron el corazón. Los niños.

Vídeo Voluntarios en Calabar, Nigeria (1ª parte) (haz clic sobre el enlace)

Vídeo Voluntarios en Calabar, Nigeria (2ª parte) (haz clic sobre el enlace)


Los vídeos debían ser un todo en uno, pero por problemas técnicos, los he tenido que dividir en dos.

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Se suponía que los últimos días que íbamos a pasar aquí en Nigeria íbamos a estar felices, volvemos a nuestra tierra a ver a nuestra familia. Y en cierto modo es así. Pero es una felicidad marcada por la tristeza de su contenido. Por un lado, muchos “adiós”. Por otro, muchas “hola de nuevo”. Empieza el momento de las despedidas.

El primer adiós, que no he querido que sea un adiós, sino un “hasta luego” se lo ha llevado Blessing. Una de las personas que más ha calado en mi aventura nigeriana. Su sonrisa se ha colado en nuestras vidas, y ahora que se ha ido nos ha dejado tocados. Horas y horas hablando con ella no sólo han hecho que mejore mi inglés, sino que además, se cree un enorme vacío ahora que se ha ido. Blessing ha dado el pistoletazo de salida a una carrera que nos dejará marcados para siempre. África y sus habitantes, always with us (siempre con nosotros).

Hasta hace unos días, era consciente de que el tiempo estaba pasando volando, que ya nos quedaba poquísimo para volver. Pero no es hasta que pasa algo así, cuando te das cuenta de que nuestros días en Nigeria se van agotando sin mayor miramiento. 8 días, la cuenta atrás ya ha comenzado.

Tantas cosas por hacer, tanta gente por despedir. Un sentimiento de tristeza anida en mí. Y esta no es una despedida cualquiera. Es duro pensarlo, incluso decirlo, pero es tan difícil que vuelva a ver a alguno de los amigos que he conocido este año, que duele nada más pensarlo. Aún así me resisto a decir “adiós”, es una palabra muy fría, muy determinante. Siempre diré un “hasta pronto”.

A nuestros amigos no sabemos si los volveremos a ver alguna vez, pero al menos la tecnología está de nuestra parte. Los teléfonos e internet a través de sus innumerables ventajas nos permitirán seguir conectados. Pero, ¿y los niños? ¿Acaso podremos mantener algún tipo de contacto con ellos? O, ¿al menos saber que están bien? La respuesta se presenta en bandeja de hormigón: lo dudo. Por no decir, NO. Es demasiado complicado y no está en nuestras manos.

El otro día lo comentábamos Ana y yo cuando volvíamos del mercado. En el caso de que pudiéramos mandarles alguna carta, dudamos que llegue. Además, si llegase, seguro que alguno de los incompetentes que trabajan allí la censurarían. No les caemos bien, nos quejamos de que no trabajan. No les importan los niños, nunca les importaron. Y los niños a quién se van a quejar, si ni siquiera saben las responsabilidades o funciones que esos mayores tienen en el orfanato. No sigo por ahí porque llevamos un año luchando por esto y aunque hayamos conseguido algunas metas, sabemos que en cuanto nos demos la vuelta, todo caerá en saco roto.

Es triste, doloroso e inhumano arrancarnos a nuestros niños para siempre. Se me hace un nudo en la garganta de pensar que, desgraciadamente, nunca llegaré a averiguar si Obonguette llegó a ser un artista, si Deborah Blessing continuó sus estudios hasta convertirse en banquera o si Mary utilizó toda su astucia y entereza para forjarse un futuro brillante. Y como ellos, los otros 104 niños que hay en Destiny a día de hoy. Unos sueñan con ser futbolistas, otros mecánicos, otros costureros, e incluso los más ambiciosos, con ser presidente de Nigeria. Te queda la rabia y frustración de saber que sólo has conseguido cambiar sus vidas, un poquito, durante un año. Una ayuda que está a punto de caducar. Sabemos que Williams velará por ellos, es como el padre de todos, pero puede que incluso él tenga los días contados en toda esta historia.

Ahora tengo los ojos bañados de lágrimas. Lágrimas de felicidad y de tristeza. Un sabor agridulce se respira en el ambiente. Sentimientos contrapuestos. Tengo ganas de volver, de ver a mis padres y mi hermano. De disfrutar de mis amigos. De dormir sin mosquitera. De ir de tapas. De comerme un helado. De abrigarme cuando haga frío. De ir al cine. De disfrutar de una ducha con agua caliente y a presión. De sentarme en un parque a comer pipas mientras tengo una conversación entretenida. De tomar café con mis amigas. De sentarme en la puerta de casa de mis abuelos a tomar el fresco. De oler el pescaito frito con un chorrito de limón. De saborear la granizada de limón y los churros de mi madre. De charlar con mis vecinas. De jugar con mi Pirri.

De salir de marcha para ver a gente que hace mucho que perdí de vista. De perderme por las playas andaluzas. De sentarme en un banco de la Gran Vía de Madrid y ver a la gente pasar. De visitar a mis amigos. De oler la ropa y que huela a suavizante. De tomarme un mojito. Hay tantas pequeñas cosas que echamos de menos, que cuando volvamos todo nos parecerá nuevo. Agradeceremos cada pequeño detalle como si fuera la primera vez que lo vivimos. ¿Os acordáis de cuando Cocodrilo Dandi llega a la ciudad? Se sorprende por cualquier cosa, todo le hace ilusión. Pues algo parecido nos pasará a nosotros. Eso sí, en un par de meses se nos pasará el momento peliculero.

Pero sé que cuando esté en España también echaré en falta mis jornadas maratonianas buscando telas y persiguiendo costureros con Neli. Los suyas (pinchitos de carne) que nos comíamos en la terraza del Marion. Mis ratos de charloteo con Joy y Blessing. Las anécdotas graciosas de la casa, que al ser tantos, son muchas. Los mangos y las mazorcas de maíz a la brasa. Los viajes anecdóticos que nos hemos marcado las 5 magníficas (Ester, María, Neli, Tere y yo). Los cumpleaños que nos hemos currado en casa. Los abrazos de los niños del Destiny. Los momentos cabezas pensantes que he tenido con Mache para montar fiestas sorpresa. Las sonrisas sin caducidad de la gente de la calle. Los, “Bo, ¿hoy qué cocinamos? Sólo quedan 3 patatas, dos huevos y un pepino”.

Los más y los menos de la casa del Gran Nigeriano. Los talleres de tacto y yoga que hacían Patri y Valle al principio. Los planes esporádicos del Sunny. Las albóndigas de la Mache y la paella del Foski. Los momentos noticias CNN+ 24 horas que se ha marcado Jose. Los churreteos con Sami y sus momentos paternales. La gracia de tener un manitas en casa, en la nuestra, Kanu. El nuevo castellano que hemos aprendido con los ecuatorianos Michael y Ron, en mi diccionario ahora aparece “Se me aflojó el cauchito”. Las trifulcas por las comida. ¡Arg! Eso seguro que no. Anda, y ahora que le cogido el gustillo a comer platos africanos, lo mismo hasta echo de menos la melon soup y la afán soup con garri.

Pero sin duda, una de las cosas que más echaremos en falta serán nuestros niños: sus refunfuñeos en efik, sus abrazos disimulados, sus I´m coming, sus sonrisas al bajar del autobús, sus “mbakaras” porque se les ha olvidado tu nombre, su dificultad para prestar atención, su locura transitoria, su increíble manera de bailar, sus momentos de rabieta descontrolada, el suave tacto de su pelo al crecer en onditaslos achuchones y besuqueos de madre dislocada que les damos, la cara de ilusión cuando le traías cualquier cositas, los momentos “vamos a recogerlos al cole y ellos vacilan de mami mbakara delante de todos sus compañeros”. Estos niños han sido tan especiales para nosotros que los llevaramos dentro para siempre.

Muchas ganas de volver, pero con un gran sentimiento de culpabilidad por dejar las cosas como estaban. O nunca mejor dicho, de la mano de Dios. La montaña de arena que hemos ido creando con esfuerzo y dedicación a lo largo de todo el año, creo que se esfumará con el tiempo. Y al ritmo que se hacen las cosas en Nigeria, se habrán desecho de nuestra duna en un periodo de tiempo tan corto que da vértigo nada más pensarlo. No me queda otra que creerme que las cosas no se hacen para nada y que por poco que creamos que hemos conseguido, menos hubiera sido nada.

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Un pequeño artículo para una gran decepción. Se me empaña el alma de solo pensarlo.

Hoy es uno de esos días en lo que todo se vuelve oscuro, de color negro. A tu paso, las cosas se desmoronan, no sabes bien si eres el causante o la víctima. Y entonces te preguntas, ¿qué estoy haciendo aquí? ¿Sirve para algo? Una respuesta muda me deja pensativa. Quizás no sea un buen momento para preguntarme eso. Es tal la decepción, que me nubla la vista, me inhibe el correcto funcionamiento de los nervios y me coagula la sangre. Esperaré a que todo pase para volver a preguntármelo.

Como os he contado en diferentes ocasiones, desde agosto llevamos preparando un teatro que por unas cosas u otras (ver artículo “Se acerca la fecha. 28 de febrero, teatro denuncia“), no ha conseguido ver la luz.

A menos de un mes y medio de que nos volvamos a España, no queremos que todo ese trabajo, esfuerzo y dedicación que hemos dedicado a esta actividad, caiga en saco roto. Así que viendo que desde el orfanato no hacen más que ponernos obstáculos y posponernos una y otra vez la fecha de puesta en escena, hemos pasado al plan B: grabarlo en DVD. Para ello, lo primero era conseguir un cámara. Problema resulto, ya tenemos uno.

Después de tanto ajetreo, obstáculos, dificultades y otros menesteres, por fin conseguimos fijar una fecha con el cámara. El lunes 18 de abril todo el mundo debería estar listo y preparado para grabar. Iba a ser el gran día. Actores y actrices por un día. El sueño de mucha gente.

La parte del drama se decidió que se grabaría, casi íntegramente, en nuestra casa. Las clases del colegio y los bailes, en el orfanato. Apenas eran las 9 de la mañana y un montón de niños invadieron la casa. ¡Ya habían llegado los pequeños actores! Como no se había decidido qué escenas iban a ser grabadas, trajeron a todos los niños con papel en la obra. La suma ascendía a unos 25 niños. Eran nuestros niños, así que le dimos la libertad de andorrear por la casa mientras se grababan algunas escenas.

Llegó la hora de comer. Liz había preparado arroz para todos. Cuando vieron el pan, se les salían los ojos de las órbitas. Así que fuimos sacando pan y mantequilla hasta verlos exhaustos de tanto comer. Tenían un barrigote tan grande que muchos de ellos, se acercaban a ti para enseñártelo. Y muy alegres te decían: “Thank you, thank you”. A los más devotos hasta le salío un “God bless you!” (en español, “¡Que Dios te bendiga!). Nosotros no podíamos estar más contentos de verlos felices. Para que no se aburriesen, también les dimos folios y plantillas para colorear mientras esperaban su turno. Los más mayores incluso ejercieron de ayudantes de cámara.


Pero sin duda, lo que jamás nos habríamos imaginado es que NUESTROS NIÑOS nos robarían en nuestra propia casa.

Por la mañana grabamos en casa las escenas de drama, y por la tarde fuimos al orfanato para grabar la coreografía de Alegría y alguna clase. Al volver, fuimos testigos de lo más triste. Echamos en falta muchas cosas: un MP3, DVD, libros, fotografías e incluso material escolar que iba a servir para hacer una actividad con ellos.

Hoy hemos tenido una charla con ellos en el orfanato. Algunos parecían avergonzados, otros ni se inmutaban con nuestras palabras. Como es lógico, no nos duele la pérdida material de lo que nos han robado, porque algunas cosas son incluso ridículas, como son unas fichas de ajedrez. Nos duele el hecho de robar. De robarnos a nosotros.

Esta herida tardará tiempo en cicatrizar.

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Ya os he contado en alguna ocasión, así de pasada, que los niños del orfanato los tenemos apadrinados. Esta idea surgió hace unos meses cuando vimos que existía la necesidad de una atención más personalizada.


A través de este proceso de apadrinamiento, no hemos dejado de lado a los niños que no tenemos apadrinados, pero sí que es cierto que les prestamos más atención a los que tenemos tutorizados. Pero ya lo dice el refrán, “quien mucho abarca, poco aprieta”.


Cada uno estaría pendiente de los niños que decidiese tutorizar. Y según ha ido pasando el tiempo, nos hemos ido dado cuenta que fue la mejor opción. Mejor, desde el punto de vista práctico. Sin embargo, desde el punto de vista emocional, no es demasiada acertada. Se han creado unos lazos emocionales que nos desestabilizan por completo. Si el niño se pone malo, se escapa o le pasa cualquier cosa, nosotros nos desvanecemos. A veces, muchas, es prácticamente imposible separar lo profesional de lo personal. Pero era un riesgo que debíamos correr.

A medida que han ido surgiendo nuevos temas a tratar, cada uno los ha ido comentando con sus tutorizados. Si bien es cierto, si surge algún problema con uno de los niños, cualquiera de nosotros puede, y debe, resolverlo. Luego ya tendrá tiempo de comentárselo al padrino de turno. “Tu niño, hoy, ha hecho esto y lo otro”. La verdad es que la estampa resulta muy graciosa cuando volvemos en el bus a casa y empezamos a comentar las jugadas. “Uno de tus niños ha estado hoy muy cansino, no paraba de molestar en clase.” “¡Ah! ¿sí? Pues tu Blessing se ha portado muy bien, me ha echado una mano preparando el teatro.” “Pues al tuyo lo he tenido que separar que le iba a pegar una pedrada en la cabeza a otro”. “Pues a Emmanuel lo he visto hoy muy triste.” En fin, una batalla amistosa de padrinos y madrinas.


Actualmente, cada uno de nosotros tiene entre 3 y 6 niños apadrinados. Las funciones de un padrino no están delimitadas, pero hay temas que todos tocamos. Higiene personal, lavado de ropa, seguimiento escolar e incluso charlas de hermano mayor.

Yo, personalmente, aunque intento transmitirles a los niños que más que una madre, soy una especie de hermana mayor-amiga, no es sencillo conseguirlo. La mayoría de estos niños son totalmente independientes. Se las arreglan ellos mismos. Sin ayuda. Para muchos de ellos, confiar en alguien o dejar que alguien les ayude es todo un reto. La gente a la que querían, o a la que supuestamente debían querer (padres, hermanos, tíos, abuelos) le han fallado. Muchos de ellos han vivido en la calle durante años. Se han ido forjando un caparazón de hierro que nos impide llegar más adentro. Y cuando tienen un problema, ellos mismos lo intentan resolver a su manera. Cosa que muchas veces no es la más idónea. Les cuesta abrirse, contar qué sienten, qué les inquieta, qué les importa o hasta dónde quieren llegar. Es una tarea ardua sentarte a hablar con ellos. Y aún más difícil, tragar saliva mientras escuchas los duras pesadillas que han tenido que vivir. Historias reales que conmueven a cualquiera.


¿Cómo nos hicimos padrinos? Cada uno cogió a los niños con los que tenía más feeling o un apego especial por cualquier razón. Yo no sabía cómo decirles a los míos que había decidido ser su madrina. Y aunque decidí refugiarme en la figura de hermana mayor tirando para amiga, ellos acabaron llamándome “my mum” (mi madre). Evidentemente, nosotros no somos sus madres, padres, ni nada parecido. Apenas pasamos unas horas al día con ellos, pero ejercemos un papel que aquí parece ser fundamental. Somos aquellos que le dan cariño, un montón de abrazos y millones de besos. Con eso, a ellos les basta. Y es que aquí, aunque a los niños les gusta que le den cariño en formato besito y abrazo, se avergüenzan muchísimo. No están acostumbrados a esas caricias. El trato que tienen con el staff (la gente que trabaja en el orfanato) es más frío. No significa que no quieran a los niños o que les tengan menos aprecio que nosotros, simplemente es una carencia de demostración y exteriozación de sentimientos.


Aún nos quedan cosas por mejorar, como por ejemplo, encontrarle tutor a todos los niños. Pero la idea está funcionando. Yo, ahora mismo, tengo 5 niños tutorizados, de los cuales, 3 son niños (Solomon, Obonguette y Donatus) y 2 niñas (Deborah Blessing y Adidi).

En su día, tenía otra niña más, Blessing, pero se escapó del orfanato. Paso a presentar a los niños.

SOLOMON
Siempre sonriente. Alegre y risueño. Tiene 13 años y sueña con llegar alto. Es cuidadoso y ordenado. Generoso y atento. Su nombre nativo, Apili. Su apodo en el orfabato, Kitchen Head Master (Jefe de cocina). Es bueno por naturaleza. Cuando Joseph se cayó del tejado del orfanato y se abrió la cabeza, estuvo ingresado en el hospital varios días. Solomon, por iniciativa propia, sin que Joseph fuera su amigo ni nada, decidió quedarse con él para cuidarlo.

Solomon es tremendamente cariñoso. Siempre en busca de un abrazo, de un beso. Ahora, se ha aprendido mi número de teléfono de memoria y cuando Ebe, uno de los trabajadores del orfanato se despista, le coge el teléfono para llamarme y preguntarme si estoy bien. Su mirada es intensa, su sonrisa me hipnotiza.

DONATUS
Independiente y poco hablador. Es bastante reservado. Cuerpo fornido, fuerte y músculos definidos. Sin embargo, bajo ese cuerpo de hombre, se esconde un niño que derrama lágrimas de dolor. Le gusta jugar al fútbol y siempre anda descalzo.

No sabe exactamente su edad, pero creo que ronda los 14 años. Me hace gracia su disimulada timidez. Cuando le pregunto algo que le da vergüenza, no para de mirar a izquierda y derecha y de ponerse la mano en la barbilla.
Siempre lo veo de aquí para allá. Se junta, sobre todo, con los mayores del orfanato. Sin embargo, cuando le pregunto quién es su mejor amigo, me contesta fríamente que no tiene ninguno. Su rotundidad en la afirmación me deja de piedra: “Nobody has friends”(Nadie tiene amigos).

OBONGETTE
Creatividad en estado puro. Es un arquitecto del imaginario. Tiene 14 años y le gusta fabricar juguetes. Cualquier material que pase por sus manos, es seguro que tendrá una segunda vida. Las ideas se amontonan en su cabeza esperando darle salida. Siempre tiene algo entre manos.

Yo le proveo de nuevos materiales para sus creaciones. No os podéis ni hacer una idea la cara de felicidad extrema que pone cuando le llevo trozos de cartón, envases, chapas o cualquier otro material que en casa hubiera acabado en la basura.
Unos días, una casa de cartón. Otros, un futbolín de chapas. Otros, una batería con latas e incluso improvisados platillos. No para de crear. Y ver lo feliz que es mientras fabrica sus propios juguetes, no tiene precio. Me podría quedar toda la tarde observándolo.

DEBORAH BLESSING
Inteligente y noble. Las niñas la quieren, los niños la respetan. Es muy lista, atenta y trabajadora. De mayor le gustaría ser banquera. Y muy desencaminada no va. Concentrada, escucha atenta cuando le explicas. Lo coge todo rapidísimo. Es una crack en mates.

Voz ronca, mirada dulce. Nunca se mete en problemas. Cumplirá 14 años el próximo 2 de junio y yo no estaré para verlo. Tiene una cicatriz en su cara que va desde la comisura de sus labios hasta la mitad del pómulo. Una marca que le recuerda cada día lo duro que es la vida en la calle. Regala sonrisas sin pedir nada a cambio. El refugio perfecto para mis días tristes.

MARY
Es la más pequeña de mis niños apadrinados, tan sólo tiene 11 años. Su genio marca pautas a seguir. Unos días cariñosa, otros rebelde. Inestable por naturaleza propia. Sonrisa pillina. Mirada profunda.

Su nombre nativo es Adidi, y así es como le llaman en el orfanato. Y aunque le gustan las mates, muchas veces se escaquea a la hora de trabajar. Es una niña muy despierta y no para quieta ni un instante.

Mary fue la primera niña en la que me fijé. Aunque nuestra relación es un poco de amor-odio y ella me castigaba bastante con su rebeldía, desde el primer día supe que me conquistaría. Como os he dicho, en ese cuerpito de apenas metro y pico se esconde un genio increíble. Además, ella ha sido mi inspiración a la hora de rebautizarme con un nombre nativo. Aquí, yo soy Adidi.

Solomon, Obonguette, Deborah Blessing, Mary y Donatus. 5 nombres, 5 niños apadrinados. Pero hay muchísimos más, que aunque no los tenga apadrinados, son super especiales. Ediomi, Emmanuel, Blessing, Esther, Imabong, Itogowo, King, Essien, Ubong, Oku, David, Bernard, Ita, Eyo, Deborah, Eneawah, Iyene, Victoria, Josephine, Joseph, Uduak, Ogechi, Samsung, Moses, Samuel, Angela, Godnews, James, Jenet, Happiness, Glory, Assan, Valentina, Kingsley, Marvelous, Anionting, Joy, Seviour, Louis, Benjamin, Christiana, Hope, Lenon, Michael, Ezequiel, Victor, Effiom, Peace, Winston, Abigail, Patience, Godswin, Estela, Promisse, John, Asuqua, Nfon, Henry. Un montón de niños y niñas que hacen que sigamos luchando contra el sentimiento de impotencia que a veces nos asola. Porque, las injusticias siguen ahí. Y la cruda realidad, también.

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Llevamos meses preparando un teatro que parecía que nunca vería la luz. Ahora, a 5 días de su puesta en escena, aún no tenemos la hora fijada. ¿Se hará el teatro? Eso está aún por ver. En Nigeria, no se sabe nada con certeza hasta el último momento. La improvisación es el ingrediente secreto de sus, muchas veces, destartalada organización de eventos. No queda otra, a esperar.

A finales de junio de 2010 aterrizamos por primera vez en el orfanato. Desbordados de entusiasmo nos pusimos a organizar el centro. Los niños no iban al cole, estaban desocupados todo el día. Se crearon 4 clases por niveles. Desde los que no sabían ni el abecedario, hasta los que podían leer textos avanzados.


No os podéis imaginar lo que nos costó conseguir que los niños nos hicieran caso, que estuvieran sentados en la silla, que cuidasen del material, que hablasen en inglés en vez de efik, que no saliesen de clase cuando les diese la gana. En fin, un trabajo arduo que, poco a poco, y con mucha paciencia y dedicación conseguimos alcanzar. Pero de poco sirvió. Justo cuando cada uno de nosotros disfrutábamos de un dulce climax en el campo de la enseñanza, van y nos cortan el rollo.

“Tenéis que preparar un teatro”. Eso fue lo que nos dijeron. Una obra de teatro para festejar el aniversario del Destiny. No teníamos elección. Tuvimos que dejar de hacer todo lo que estábamos haciendo para organizarlo. Lo primero era crear el guión. Al principio, la idea de montar una obra de teatro nos hizo muchísima ilusión. Digo “nos hizo” porque a medida que se presentan obstáculos, el camino se hace menos agradable, y la ilusión…simplemente, se pierde. Eso es lo que nos ha pasado a nosotros. O al menos, a mí.


Pero bueno, la ilusión del principio sirvió para crear una historia increíble. Una obra de teatro denuncia donde reivindicar los derechos de los niños. La obra gira en torno a dos historias, la de Ekanem y Essien. Dos niños nigerianos, que por dos razones bien diferentes, acaban en la calle. No os quiero contar mucho más, aprovecharé para contaros la historia más detallada cuando se haga el teatro.

Ensayos y más ensayos. La obra tiene de todo. Momento drama, cuando se cuenta la historia del niño y la niña. Momento diversión, con una increíble coreografía de la versión que hizo el Circo del Sol de la canción “Alegría”. Y con el combi, un baile tradicional de esta región, viviremos el momento más africano. Una rumba y unas sevillanas, le darán el toque andaluz a la obra. Y los niños cantando la canción de los continentes, la del abecedario o la de los colores pondrán ritmo a una noche llena de artistas.

También se vivirá un momento muy especial gracias a la clase de género, una apuesta por la igualdad entre hombres y mujeres. Y el momento más verde llegará cuando los niños escuchen, atentos, una clase magistral acerca de la inminente extinción de los gorilas de la selva.

El final, no os lo puedo contar. Tendréis que venir a verlo. Os esperamos el día 28 de Febrero en el Centro Cultural de Calabar. Llegad pronto, el aforo es limitado.

Pues bien, con esta frase terminaba el artículo… Pero ya os digo, buenas nuevas nos han llegado. Os acordáis que hace mucho tiempo os conté que en Destiny se esperaba la visita de la mujer del presidente de Nigeria (ver artículo Lo que iba a ser un lavado de imagen, se convirtió en una batalla campal). Pues la mujer vuelve a las andadas. Está prevista una visita a Calabar justo para esa fecha. Así que, una vez más, el teatro se suspende hasta nuevo aviso. La verdad es que nosotros estábamos muy entusiasmados con la idea de hacer la obra el día de Andalucía, un homenaje para la tierra de dónde venimos. Pero de poco sirve lo que nosotros queramos.

Es difícil mantener una ilusión que se nubla con el polvo que levantan los políticos al caminar. Frustrados, cansados y decepcionados, tendremos que informar a los niños, una vez más, que el teatro vuelve al pozo del olvido. Aunque nuestro mayor esfuerzo debe ir dirigido a intentar que los niños no sientan que todo su trabajo se reduce a cenizas y se esfuma con el viento. ¿Lo conseguiremos? A saber. Los niños ya están hartos de esta ridícula parafernalia política. No es la primera, ni la segunda vez que se la juegan. Y desgraciadamente, tampoco será la última.

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Como os he contado ya en alguna ocasión, los niños del orfanato son niños de la calle. Algunos llevan en el orfanato desde que se inauguró el año pasado, en octubre de 2009. Otros han ido llegando poco a poco. Para algunos es su primera vez en Destiny. Sin embargo, otros ya han pasado por aquí varias veces. Algunos, incluso en más de 3 ó 4 ocasiones.

Cada niño es un mundo. Pero todos éstos tienen algo en común. Tras su humilde caparazón se esconde una triste historia que ha ido forjando su peculiar carácter y personalidad. A cada uno de ellos la vida le ha tratado de manera diferente. Pero todos han acabado en el mismo sitio, en la calle. Sobreviviendo como podían.

Los niños suelen ganarse la vida vendiendo agua, consiguiendo aluminio o transportando pesadas mercancías. Las niñas, la gran mayoría, caen en la prostitución.

Por desgracia, Nigeria está plagada de niños que viven en la calle. Los ves vagabundear, de aquí para allá sin un destino fijo. Hoy duermen bajo el techado del estadio de deportes. Mañana, Dios dirá.

Algunos disfrutaban de una vida bastante normal, o incluso acomodada, hasta que sus padres murieron y se quedaron huérfanos. Otros han sido víctimas de abusos o fueron maltratados. Algunos de ellos han sido acusados de brujos y marginados por la sociedad. Incluso hay niños, que aún teniendo madre o padre que los quieran, no pueden hacerse cargo de ellos, son demasiado pobres.

La calle ha sido su hogar hasta que un día cualquiera, clín, llegaron al orfanato. Algunos fueron recogidos de la calle y los llevaron hasta allí. Otros han llegado por su propio pie hasta la puerta de Destiny.

La verdad es que aunque el orfanato tenga muchas deficiencias y se puedan mejorar muchos aspectos, al menos ahora, estos niños tienen techo, comida, pequeños cuidados sanitarios, algo de ropa e incluso, algunos han vuelto a ser escolarizados. Sin embargo, por alguna extraña razón que aún no he conseguido averiguar, un día cualquiera cogen lo poco que tienen y se escapan. Otra vez a la calle. A dormir en no sé dónde, sin saber cuándo comerán y sin saber siquiera qué les depara el futuro. Viven el día a día. No conocen otro modelo de vida.

La calle les trata con desprecio. Ahora me los vuelvo a encontrar. Heridos, sucios y hambrientos. Su cara desprende aromas de tristeza. Sus pies agrietados han aguantado días de caminatas interminables.

Una cadena de pequeñas decisiones tomadas al azar me lleva hasta el estadio de deportes. Allí se está produciendo un evento político que poco importa en toda esta historia. Mientras escucho promesas políticas en pro de la mujer bajo un sol justiciero que me hace rabiar de calor, me dispongo a buscar una sombra que alivie mis penurias. Por fin la encuentro. Ahora necesito pure water (agua en bolsita) para calmar mi sed.

Miro a derecha e izquierda. Veo a un niño a lo lejos, va vendiendo agua. Me acerco a él mientras chequeo mi bolsillo en busca de 10 nairas. Cuando me quiero dar cuenta, estoy delante de un puñado de niños de la calle. No me resulta difícil reconocer a uno de ellos. Cuando él se da cuenta de que lo he visto, se echa las manos a la cara para evitar ser reconocido. Pero ya es demasiado tarde.

Recuerdo perfectamente su nombre. Dos días antes de que se volviese a escapar del orfanato tuve una conversación con él, pero de poco sirvió. Dicen que es un niño problemático. Era la 5º vez que se escapaba del centro y apenas tiene 12 años.

No pude evitar darle un enorme abrazo y apretarlo contra mí a pesar de mi sutil enfado. ¡Se volvió a escapar sin más! A duras penas establezco una débil comunicación con él. Cosa que despierta el interés de los presentes. La telenovela de media tarde no ha hecho nada más que empezar para ellos. Las palabras de los políticos se diluyen para los oyentes que ahora intentan descifrar el contenido de tan inquietante capítulo entre una Mbakara (yo) y un niño de la calle.

Entre los curiosos, un policía. Con respeto y prudencia se acerca con intención de ayudar. Me pregunta por el pequeño. Le cuento la historia obviando ciertos detalles. Yo sólo quiero saber cómo está, por qué se fue y si tiene intención de volver. De repente, Ita llama mi atención y me señala un niño entre la muchedumbre. No me lo puedo creer, es el pequeño Emmanuel. Le ha crecido muchísimo el pelo, su carita esconde sufrimiento y las heridas de su cuerpo me recuerdan que la calle es hostil.

Tienen 12 y 9 años y ya se saben todos los entresijos de la calle. ¿Acaso hay derecho a esto? Ver niños de tan corta edad viviendo en la calle bajo la mirada imperturbable de una sociedad que se consume intentando decidir temas tan irrelevantes que desatan mi ira.

Los niños son el futuro de un país que tiene que ir levantando cabeza poco a poco. De un país con miles de recursos que utilizar. Un país donde aún queda mucho por hacer. Un país manipulado por una religión que gobierna a su antojo. Un país en donde la voz cantante la lleva aquel que es capaz de mover a las masas a base de mentiras y promesas electorales. Eduquemos esta sociedad y conseguiremos crear cabezas pensantes con un poder de decisión real. Una sociedad capaz de ver qué es lo mejor para ellos. Mientras conseguimos esto, no descuidemos a los pequeños. Ellos tienen el futuro en sus manos.

Para evitar miradas indiscretas y marujas de turno, nos llevamos a todos los niños fuera. Uno a uno, el policía fue interrogándolos. Aquí las cosas se hacen así. Tras más de 30 minutos de arduas conversaciones con los pequeños, sacamos algo en clave. Los niños estaban dispuestos a volver al centro. Pero para conseguir volver a ingresarlos, primero debía hablar con la responsable. Es ella la encargada de dar luz verde a la vuelta de un niño a Destiny. Accede a la propuesta. Aunque finalmente no son 2 los niños que llevamos, sino 4. Subidos en el maletero de la furgoneta de Destiny esperan llegar al centro.

La jornada fue más larga que de costumbre, pero es que nadie espera encontrarse con un panorama así. Me quedé tocada, dolida, desorientada. Abandoné Destiny con una sensación tremendamente rara. Los niños habían vuelto al orfanato, pero…¿ era eso lo que ellos realmente querían? Esperé hasta que se habían duchado y habían lavado la ropa para irme a casa.

En el bus de regreso, mi cabeza no paraba de darle vueltas a la misma idea: ¿cómo es la vida real de un niño en la calle? ¿Dónde duerme? ¿Qué come? ¿Con quién se junta? ¿Qué hace? ¿Y si enferma? Demasiadas preguntas sin contestar.

Al día siguiente se repitió la misma historia. 1 de diciembre, día Internacional del SIDA. Nos fuimos al Centro Cultural para ver qué habían preparado. Al final de la mañana, cuando ya estábamos dispuestos a irnos, vemos a otro niño Destiny, Michael.

Tiene 9 años y huyó del centro hace, al menos, un par de meses. María comienza a hablar con él. Lo abrazamos y lo besamos bajo la atenta mirada del público del evento. Tras conversar con él, abandonamos el recinto. Nos echamos a andar y de repente nos damos cuenta de que el niño nos sigue. Estando fuera le decimos que nosotros ya nos vamos a casa. No es que no quisiéramos hacernos cargo de él, pero en el fondo, nosotros no deberíamos meternos en estos berenjenales. Destiny tiene unas reglas y debemos cumplirlas.

Michael, con voz apagada y mirando hacia el suelo, nos confiesa que quiere volver a Destiny pero que no tiene cómo hacerlo. Una vez más, nos tocan la fibra sensible. No podíamos dejarlo allí, ya no. Volví a llamar a Wura, la responsable de estas decisiones, para consultarle. Ella daba el visto bueno siempre y cuando William, el responsable del centro, estuviera de acuerdo. En sus palabras había una carga de sutileza bastante interesante y entre líneas se podía leer: “Mbakaras, dejad de recoger niños de la calle. No hay sitio para todos.”

Michael no venía solo. Su fiel amigo Jessi venía con él. Agarrados de la mano o cogidos de los hombros caminaban sin detenerse. No se separaron ni un instante. Mientras andábamos para coger el bus, un grupo de chicos empezaron a chillar a los niños. Le propinaron varios improperios para disuadirlos. Pensaban que estaban molestándonos.  Tuvimos que intermediar para apaciguar a las bestias explicándoles que los niños venían con nosotras.

María y yo, sentadas en el bus urbano, nos dirigimos hacia el centro. Llevábamos 3 niños nuevos. La bienvenida no sería tan agradable. Los niños de Destiny ya están reacios a recibir más niños de la calle. Entre sollozos y penurias me decían: “Aunty, there is no more beds here” (Seño, aquí ya no hay más camas). El número de niños aumenta, pero las camas, mesas, sillas, cubiertos, platos y presupuesto, siguen siendo los mismos.

En 2 días hemos llevado 7 nuevos niños. Ahora sólo nos toca rezar para que no se vuelvan a escapar. Si lo vuelven a hacer, la próxima vez no les dejarán volver a entrar. Esta es su última oportunidad.

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