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Archive for the ‘Viajes’ Category

A veces, ¿no te ocurre a ti que te resulta inverosímil que determinadas zonas o regiones de diferentes países pasen desapercibidas para los ávidos viajeros?

Podría decir que el Alentejo sería algo así como el primo portugués de mi querida Jaén, la tierra que me ha visto crecer. Dos zonas que no han estado en el punto de mira turístico. Dos zonas a las que el número de visitas turísticas no respondían a la calidad y cantidad de actividades, así como riqueza monumental y paisajística de la que disponen. Pero como ya ocurre con Jaén desde hace algún tiempo, y está ocurriendo con el Alentejo, esto está cambiando. Adentrarte en el Alentejo, es disfrutar de su rica y variada gastronomía, es atreverte con alguno de los deportes de aventura que ofrece y es perderte por las calles empedradas de sus pueblos de cal blanca para disfrutar de vistas de infarto desde lo más alto de sus innumerables fortalezas.

Foto de Sergio, del Blog Nada Incluido

En mayo, instaurado el fresquíbiri propio de la época y subidos a una furgoneta de Europcar, nos dirigimos al corazón del sur portugués, el Alentejo. Sí, al sur, pero no tanto como el archiconocido Algarve. Justo por encima se sitúa esta región que, como su nombre indica (“Além Tejo“), está ubicada más allá del Tajo. A pesar de su enorme extensión, representa casi una tercera parte de todo el territorio portugués, es una zona bastante despoblada pudiendo presumir de un entorno natural bastante tranquilo. Salpicada de pueblitos blancos que coronan cimas aquí y allá, el Alentejo deja entrever desde el asfalto su pasado defensivo.

Foto de Sergio, del Blog Nada Incluido

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La catedral de Justo impresiona. No solo por sus enormes dimensiones, sino por todo lo que se esconde tras su fachada, la fe de un solo hombre. Justo Gallego, sin conocimientos de arquitectura y casi sin ayuda, ha dedicado su vida a la construcción de este enorme templo. Materiales reciclados son la esencia de esta catedral, desde latas, a ladrillos rotos, rejas, puertas y todo lo que ha ido encontrado o le han donado.

Aunque a primera vista su estructura pueda parecer tosca por su aspecto inacabado, a esta enorme catedral no le falta detalle ni escasea en dimensiones. Cuenta con más de 4.500 m2, supera los 35 metros de altura y tiene más de 50 m de largo por 20 m de ancho.

El templo posee una amplia cripta (en el subsuelo, como de costumbre) a la que se puede acceder desde el interior del templo o desde el patio, un baptisterio y varios torreones.

Decenas de cúpulas que apuntan hacia el cielo y cientos de cristaleras que Justo ha ido haciendo a lo largo de los más de 56 años que lleva construyéndola.

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El ritual mañanero suele ser cosa fina, o al menos a mí me pasa. Un ejército de bostezos me impiden articular palabra. A duras penas y tras un muro de legañas como puños me arrastro hasta el baño en busca del lavabo. Bueno, si me hago pis, me siento de aquella manera rezando con que la taza no esté bajada o con que tenga la suficiente habilidad para subirla. Tras lo propio, me echo tres, cuatro y hasta cinco veces agua fría en la cara con la firme intención de evacuar las legañas y esperando que un atisbo de espabilo aparezca por mi cara. Para qué nos vamos a engañar, el agua quita las legañas y supone un primer contacto con la vida misma, pero la torta la sigues teniendo y no te la quitas de encima hasta que te enchufas un buen café. Hay quien, incluso, no le puedes hablar hasta que no se ha tomado el elixir negro (y no, no voy a señalar a nadie, jaja).

Desde hace más de un año, tengo en casa una de las llamadas cafeteras sin cables. Una Aeropress, para ser más precisa. El aparatejo lo inventó el canadiense Alan Adler. Según cuenta en esta entrevista que le hizo Perfect Daily Grind, él andaba buscando una cafetera que le permitiera hacer el café a la temperatura que él quisiera y no existía. Su inquietud y pasión por el café le llevó a crearla. Y como os contaré a continuación, ya veréis que es una cafetera que te permite jugar con muchos parámetros, entre ellos, la temperatura para conseguir preparar tu café perfecto.

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Lavapiés se volverá a teñir de colores para celebrar la 4ª edición del Monsoon Holi Madrid. Saca tu vestuario blanco porque lo vas a necesitar. El sábado 5 de agosto tienes una cita con la alegría.

Hay festivales que son puro vicio, y con eso me refiero a que vas una vez y ya nunca más quieres perdértelo. Si hace un par de semanas os hablaba de la divertida Batalla Naval de Vallekas, que tuvo lugar el pasado domingo 16 de julio en Madrid, ahora vuelvo a la carga pero con un festival más étnico donde cambiamos agua por colores. El “Monsoon Holi“, o Festival del Monzón, es el festival de la felicidad. El ambiente desenfado que lo caracteriza, propio de la festividad hindú Holi, lanza un mensaje. Por un día, todos somos iguales, independientemente de la clase social, religión, origen o casta a la que pertenezcas.

Monsoon“, que significa “estación”, se refiere al periodo que va desde mayo hasta finales de septiembre o principios de octubre. En la India, a partir de mayo empieza la estación húmeda. Con la llegada de las lluvias se cierra la época de sequía dando paso a la fertilidad. Florecen los campos, los árboles dan su fruto y bajan las intensas temperaturas de meses anteriores. Es un periodo de esplendor en el que la naturaleza se muestra próspera, el cielo regala lo mejor que tiene, agua; y los paisajes se cargan de color y vida. En la práctica, este festival se celebraría en primavera. En Madrid, la escuela de danza Bollywood Sitare y la asociación cultural Sangam que son los organizadores, se tomaron la licencia de pasarlo a verano para disfrutarla al aire libre. Lo más parecido que tenemos en España podría ser la “fiesta de la primavera” que se hace en algunas ciudades, como Granada, y donde se celebra la llegada del buen tiempo.

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Casi 10 años viviendo en Madrid y hasta el año pasado no había asistido a la Batalla Naval de Vallekas. De esas cosas que piensas, ¿y yo dónde estaba metida? Quizás la excusa más lógica pase porque nunca he vivido en Vallecas y que en julio suelo estar fuera. Sea como fuere, tras mi primera vez, me he venido arriba y quiero repetir. Este domingo 16 de julio, volvemos a las calles.

Como cada año, el barrio madrileño de Vallecas acoge la Batalla Naval de Vallekas, una guerra pasada por agua. Abierta a todo el mundo, es perfecta para mayores y pequeños. A golpe de cubetazos, manguerazos y pistoletazos de agua, el barrio se viste de carácter festivo y reivindicativo. La cuestión es mojarse, y no solo de forma literal.  Este año, bajo el lema “Vallekas, puerto de acogida. Derecho de asilo ya”, la crisis de refugiados estará en el punto de mira. El año pasado Vallecas lanzó un grito de “Basta Ya” contra la Violencia Machista. Evento al aire libre donde la diversión y el buen rollo imperan. La batalla de agua discurre por El Bulevar (C/ Peña Gorbea), continúa por C/ Puerto Alto, C/ Martínez de la Riva, C/Monte Perdido, C/ Arroyo del Olivar y llega a su fin en C/ Payaso Fofó.

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Sí, lo estamos. El consumo colaborativo es el nuevo invento del siglo, y eso que ni es invento ni es nuevo. Probablemente nosotros menos, pero nuestros padres y abuelos ya eran de consumo colaborativo en su época. La cosa andaba más apretada por aquel entonces. Mi padre me contaba que él compartía coche con 4 chicos más cuando empezó a estudiar fuera del pueblo. Ni que decir de la lavadora o electroméstico de turno que se compartía entre varios vecinos. Aquellos eran otros tiempos, estarás pensando. Y tanto que lo eran, para entonces el hecho de consumir algo solo tuyo, siempre disponible y que oliera a nuevecito no eran sensaciones que se pudieran permitir muchos. Y  no solo eso, el consumo, tal y como lo conocemos hoy día, tenía un aspecto más humano. Más compartido.

Y aunque el reciente consumo colaborativo nazca de una auténtica ingeniería social para llegar a final de mes, en donde lo de compartir gastos equivale a los 20 eurillos que te daba tu madre a escondidas para no ir pelada de pasta, no debería ser así. Me cuestiono profundamente si realmente nos merecemos el apelativo “humano” porque en el fondo (y en la superficie) parece que solo respondemos a estímulos económicos. Que la gasolina es barata y hay pasta (dinerito contante y sonante), pues a bajar cada fin de semana a casa con el coche. Solos, a nuestro aire. Que a final de mes nuestro plato solo lleva arroz y tomate frito, ojo, vamos a ver qué podemos hacer para reducir gastos. El dichoso bolsillo es el único que nos hace reaccionar. Ni medio ambiente, ni lógica del consumo, ni buenas prácticas… Nada como que te rasguen el bolsillo.

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No sé a ti, pero yo es decirme “Cuenca” y solo me viene una cosa a la cabeza… Las casas colgadas.

Apenas tenía 10 años cuando visité por primera vez Cuenca y aunque mi recuerdo es vago, no me había olvidado de las casas colgadas. Me impresionaron. Para entonces Kunka, como se llamaba en época musulmana, aún no ostentaba el reconocimiento de Ciudad Patrimonio de la Humanidad, declaración que le llegó en 1996. Y como sucede con todo, o al menos a mí me pasa, las cosas que vives de pequeña las magnificas. Mi recuerdo me decía que había muchas más casas colgadas. Todo más exagerado. ¿No te pasa? Yo hasta que no me hice mayor, no sentí que la Semana Santa era eso, una semana y no un par de ellas como mi mente pueril recordaba. Y volviendo a Cuenca y a mi recuerdo, decir que la memoria tira de economía de espacio y esteriotipa de lo lindo. O es que si alguien te dice “Córdoba” piensas en algo más que no sea la Mezquita, o si te dicen “Granada” tu cerebro no responde con una bonita postal de la Alhambra. Pues con Cuenca a mí me pasó igual. Pensé que todo el monte conquense era orégano colgado. Y hay muchísimo más.

Hoz del Jucar_rumboanigeria

Estos dos últimos años me han servido para deshacer ese vago recuerdo y constatar que Cuenca es mucho más. Atravesada por el Río Júcar, es destino predilecto para aquellos que buscan saciar sus ganas de hacer deportes de aventura. Yo redescubrí esta ciudad manchega gracias a mi escuela de patines. Organizaron un fin de semana de multiaventura.

¿Qué hacer?

Existe un enorme abanico de actividades que se pueden realizar a orillas del Júcar. Hay varias empresas que organizan todo tipo de actividades. Escalada, barranquismo, piragüismo en aguas bravas y aguas tranquilas, espeleología, senderismo, vías ferratas, tiro con arco, paintball, descenso en rápel y tirolina, entre otras. Lo cierto es que el entorno invita a practicar deporte, además de disfrutar de la estampa natural llena de encanto de la Hoz del Júcar. El lugar perfecto para desconectar.

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Allí donde terminan las rutas habituales.